Después de tantos años decidió volver a aquella casa, de la que tantos
recuerdos le traía a su memoria antes de que comenzara la guerra. Pues
había sido saqueada por el ejercito,
solo quedaba el piano de la abuela que tanto aprecio le tenia, ya que
recordaba la de veces que tocaron juntas en él, la de emociones vividas.
Conforme avanzaba las escaleras, un nudo le aprisionaba la garganta,
pues estaba todo tan derruido, que le partía el alma ver la casa en tal
estado, pero lo que realmente la hacía inmensamente feliz, era el poder
recuperarla de nuevo después de tanto tiempo.
Pues había pertenecido al estado durante años, por una deuda contraída que gracias a Dios pudo saldar.
En casi todas las estancias aún quedaban las cortinas, desgastadas por
el paso del tiempo, se apreciaba un olor a humedad de haber estado
cerrada tantos años.
Mientras caminaba iba imaginando como fue
anteriormente a la guerra, y como haría lo posible para que no perdiera
su esencia por nada del mundo, ya que vivió durante años con toda su
familia allí.
Así que no podía permitirse perder esos bonitos recuerdos que la hicieron tan feliz en esa casa.
Recordaba las caballerizas preparando los caballos ya que le encantaban a pesar de haber tenido varias caídas de ellos.
Al recuperarse y a escondidas de la tata volvía a las andadas.
Si por casualidad llegaba a descubrirla, con dos carantoñas que Daysy le hiciera, se la volvía a ganar de nuevo.
Suficiente para que no contara nada a los padres a su regreso. Ya que
por cuestiones de trabajo permanecían largas temporadas fuera del hogar.
Le vagaba tantos recuerdos a su mente aquel lugar.
Noches junto a sus hermanos al calor de la chimenea, contando
historias, mientras la tata cosía y reía a carcajadas lo que Daysy
decía.
Era una niña muy astuta y a la vez la mas rebelde de todos.
Aquellos recuerdos vividos de la tata preparándoles a todos un desayuno
exquisito, pues le encantaban la tarta de queso. Mientras todos desayunaban,
ella les iba calentando ollas de agua para el aseo.
Daysy la primera en
terminar su desayuno y la mayor de todos, la ayudaba a echar el
agua en el gran barreño de cin, también recordaba mas de una ocasión el haber retirado
los visillos de los ventanales y justo en ese momento, solía divisar a lo lejos y a pesar de
la niebla, el coche de caballos de la abuela.
Entonces era cuando Daysy aprovechaba para bajar a toda prisa las escaleras aún en camisón y bata gritando, la
abuela, ha llegado la abuela. Cuanta alegría le daba a ella y a sus
hermanos su visita, ya que solía pasar los fines de semana con ellos.
Casi resbalándose con las zapatillas de raso se dirigía a su abuela con una inmensa alegría pues la adoraba.
Mientras el cochero ayudaba a la abuela a bajar los peldaños, ella ni
corta ni perezosa acudía a sus maletas, que a pesar de su aspecto
flacucho, las solía llevar a rastras hasta que el cochero lograba, quitársela
de las manos con regañadientes. Pues era el momento que Daysy aprovechaba para abrazar y besar a su abuela como nunca.
Texto: Silvia Hernández de Luis

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