Desde su lecho de muerte, su mirada quedó clavada en aquella ventana
que tanto apreciaba, la única que le dio vida durante años.Desde allí podía contemplar el exterior, el lugar que lo vio nacer.
Era la casa de sus antepasados, una casa en un humilde pueblo en la montaña en la cuál vivieron muchas generaciones en ella y aún seguía conservando su esencia.
Desde aquella ventana podía contemplar el exterior, sin que apenas percibieran su presencia, pues desde aquel accidente su vida cambió para siempre.
Una triste mañana le tocó marchar para nunca volver.
Atrás quedaron días de alcaldía, murió junto a los suyos pero por desgracia sin saber lo que realmente lo apreciaba su pueblo.
Texto: Silvia Hernández de Luis
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