Sentía sus pasos a mi espalda.
El miedo se apoderó de mí mientras caminaba, miré hacía atrás varias veces.
La calle estaba desolada, solo caminábamos aquel individuo y yo.
Me preguntaba quien sería y que quería de mí, porque me seguía.
Pero al doblar aquella esquina no me lo pensé ni un segundo, le esperé
sigilosamente con la pistola que llevaba en el bolso, al pasar le
apunté en la cabeza, aquel tipo se orino encima no me era de extrañar.
Le pregunté quien era y que quería, cuando de pronto me fijé en el
tatuaje de su brazo, pertenecía a aquella banda de asesinos sin
escrúpulos que habían matado a aquel chico meses antes. Desde entonces
llevaba aquel caso.
Le hubiera volado la cabeza en ese momento,
pero ello me hubiera convertido en una asesina igual que ellos.
Así que le apunté, hasta llevarle a comisaria por suerte a dos
pasos de allí.
Pues tenía demasiado claro que ese caso no quedaría impune, no pararía hasta ver entre rejas a cada uno de sus miembros.
Texto: Silvia Hernández de Luis

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