Al tapiar aquella entrada todo cambió en aquel lugar, pues desde
entonces los niños no podíamos salir a las afueras, aunque fuera cerca
del recinto amurallado.
Nos veíamos obligado a permanecer en el
interior de la fortaleza, ya que se decía, que últimamente andaban
merodeando malhechores con la intención de sembrar el pánico entre la
muchedumbre.
Así que solo se estaba permitido abrir la puerta donde se encontraba la guardia real.
Por seguridad tuvimos que dejar de acompañar al señor Fransua en las
tardes que salía con su rebaño de ovejas para poder pastar libremente en
el campo.
El era mas bien de aspecto flacucho con una gran barba
blanca, le encantaba contar historias de magos y duendes, que nos hacía
pasar la tarde lo mas entretenida posible con sus historias. Ya que
eran escuchada por todos los niños casi sin parpadear.
Texto: Silvia Hernández de Luis

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